Durante más de cinco mil años, un sello sirvió para dejar una marca. Estos anillos llevan la suya en el propio metal.

ORIGEN

Siempre me llamaron la atención los anillos de sello. Me atrae esa idea de llevar en la mano algo que dice “esto tiene que ver conmigo”, una pequeña declaración, un “acá estoy” que se lleva puesto, a la manera de cada uno.

Con esta colección quise tomar uno de los clásicos más antiguos de la joyería y reversionarlo en una pieza de autor, con un diseño actual y personal. Conservé la solidez y la forma esencial del sello, y le sumé superficies lisas, pulidas a espejo o en mate, combinadas con zonas erosionadas o marcadas, a veces oxidadas, que le dan profundidad y fuerza. Busco que el contraste sorprenda y que, al mismo tiempo, el anillo conserve algo sobrio y cuidado.

Tener sello propio quiere decir tener un carácter que distingue a alguien del resto. De todos los sentidos que tiene la palabra, es el que más me acompaña cuando diseño estas piezas.

UN CLÁSICO CON MÁS DE CINCO MIL AÑOS

Antes de ser anillo, el sello fue un pequeño cilindro de piedra. Los primeros de los que hay registro aparecieron en la Mesopotamia hace unos 5.500 años. Se hacían rodar sobre arcilla húmeda y dejaban una escena en relieve. Con ellos se firmaba un acuerdo, se certificaba una entrega o se cerraba una vasija, y se llevaban colgados para tenerlos siempre a mano.

Con el tiempo el sello pasó a la mano, y ahí se quedó. En Roma los primeros anillos eran de hierro y servían para sellar. El oro llegó después, como privilegio de las clases más altas. En la Edad Media el sello personal se volvió parte de la vida cotidiana, y bastaba apoyarlo sobre la cera caliente para dar validez a un documento. Se hacían en plata o en bronce, los mismos metales que trabajo hoy, y las mujeres también tenían el suyo, a menudo con una forma ovalada terminada en punta.

Con los siglos, el anillo de sello se volvió también un objeto de familia, de esos que se heredan. En la tradición británica se lleva en el meñique de la mano izquierda, y hay familias que lo usaron así durante generaciones.

Hoy el lacre quedó para las ocasiones especiales, y el anillo de sello siguió en las manos. Para mí es un objeto de diseño contemporáneo que conserva algo de esa larga historia, la idea de llevar puesta una marca propia.

DETRÁS DE ESTAS JOYAS

Antes de la joyería, trabajé muchos años como diseñador gráfico, especializado en desarrollo de marca, identidad visual y diseño de isologos. Mi oficio era encontrar el signo justo para que alguien fuera reconocido de un vistazo, una forma mínima capaz de decir quién es.

Cuando empecé a investigar el anillo de sello, reconocí en él ese mismo oficio. Mucho antes de que existieran los logotipos, el sello fue la marca personal de alguien, su firma. Se apoyaba sobre la cera y decía “esto es mío, esto lo avalo yo”. Diseñar estos anillos es, de algún modo, volver a lo que hice durante tantos años, ahora en metal y para llevar en la mano.

Cada anillo empieza como un bloque de cera que tallo a mano. Después se funde en metal y vuelve a mis manos para las terminaciones, que trabajo con mucho detalle. Es un proceso largo, y es la parte que más disfruto.

PENSADA PARA VOS

Los pensé para que te animes a un anillo que se sienta en la mano y se note sin esfuerzo. Una pieza con presencia que acompañe tu estilo día a día, en una reunión de trabajo o en un domingo cualquiera, que diga algo tuyo sin necesidad de explicarlo y que hable de tus contrastes, de cómo conviven tu delicadeza, tus marcas y tu fuerza.

Una elección propia, lejos de lo que se ve en todos lados, para llevar mucho tiempo y, quizás, dejar algún día en otras manos.